para todos aquellos que no sabemos bien por qué nos sentimos solos y menos por qué desde siempre.

martes 22 de septiembre de 2009

promesas

te decía que no me sale
que olvidé eso de imaginarte con palabras
que he comenzado a deshilvanar cada verbo con que te moldeé
y esta historia que vive retrocediendo
no es sino el abismo delante de mis pies
la promesa que se desdibuja
como tantas otras
que no por viejas acaban de dañar

viernes 26 de junio de 2009

peces

entre los espacios que dejan esas tablas enmohecidas
el hombre puede ver los peces
camina lento
para no dar un paso en falso
tal vez los peces lo adviertan
vean una sombra que aparece y desaparece
y tengan algún intercambio de impresiones
-eso puede estar sucediendo- piensa el hombre
ahora detenido
ahora mirando el horizonte
calculando una distancia imaginaria
desprovista de todo significado
-cuántos peces cubrirían una línea recta desde este muelle hasta ese horizonte-
nada sorprendente
nada que cualquiera que esté detenido en el extremo de un muelle no haría
vaciarse de palabras
recorrer extensas praderas oceánicas revelando misterios insignificantes
mientras esa voz
tu propia voz
insiste en preguntar por ti

lunes 22 de junio de 2009

morgue

¿Tienes una coartada?
-preguntó el muerto al cadáver bajo la sábana.
Sí, estaba vivo.

martes 16 de junio de 2009

desde el fondo parece luna

el poeta ha caído a un profundo pozo
sus palabras yacen muertas en el suelo húmedo y oscuro
sólo una de ellas logra esquivar el golpe
y se queda prendida de su boca
susurrando un significado
apenas perceptible
pero no hay nadie allí
solo el poeta
que no alcanza a comprender
qué es esa voz que atraviesa la luna

lunes 8 de junio de 2009

rada

he aquí el barco
y las aguas que lo sostienen

manchas de aceite jugueteando contra su casco
restos de materia descompuesta decorando la rada
gritos de gaviotas histéricas
marinos de chaquetas de mezclilla parados en la cubierta de sus lanchones
anunciando viajes express

he aquí la mujer
y la ventana que la encuadra

ropa húmeda que cuelga de alambres oxidados
pasillos oscuros donde los gritos parecen pájaros
muros golpeados de viento y sal
dedos entrelazados presionando huesos
como si ese gesto impidiera que el tiempo avance

he aquí el dolor
y los corazones que lo habitan

la mano se agita levemente
anunciando la retirada
la ventana está vacía
las aguas se aquietan
la espuma se funde

miércoles 15 de abril de 2009

canción de hombre enamorado

todas esas historias
que a veces pareces divisar muy atrás
en el patio de una casa que habitaste
entre las celosías que desempolvaste con un paño amarillo vuelto café
devorado por el mismo tiempo que tú
bajo las nubes que te llovieron
bajo los soles que entibiaron tus venas
a través de ventanas ajenas y propias
todas esas historias
que te atrapan en ese espacio
que no es sino tiempo
no son más que las cicatrices que surcan tus manos
no son sino el vapor que exhala tu boca
todas esas historias
son tus ojos
el profundo océano de tus ojos
donde me animo a naufragar

lunes 30 de marzo de 2009

canción triste

se pone esa chaqueta oscura y vuelve a salir,
mira al sol de reojo y hace una mueca extraña,
como diciendo: y tú qué.
hace años que hace esa misma mueca,
no por ello dejó de ser extraña,
no por ello el sol se oculta cuando él decide salir,
tampoco su sombra ha olvidado seguirle el paso.

piensa que debió morir mucho antes,
pero insiste en vivir,
a pesar de esos poemas que garabatea
sentado en baños públicos,
a pesar de esas canciones,
tristes canciones que apenas susurran desde vinilos rescatados de una mudanza,
como otro gemido más,
como otra mueca más.

se quita la chaqueta y se sienta a la mesa,
aparta unas migas y verifica las vetas de la madera que aun se resisten al wetproof
lía algo de tabaco y fuma despreocupado,
el humo suspendido flota sin resistencia,
ninguna brisa refigura su anatomía,
la habitación está en silencio,
el álbum de fotos descansa en la repisa,
la flor seca en el jarrón,
afuera, en los pasillos mal iluminados, alguien habla en una lengua extraña,
“el lenguaje es un virus”, piensa,
pero no es una frase de él,
hubo de escucharla años atrás,
mucho antes que el sol se volviera inoportuno
y que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.

jueves 19 de marzo de 2009

hamburgo

todos esos trozos de cristal meciéndose en el aire
hasta helar cada palabra
sí,
esa nieve deteniendo el pulso
esos días de andar despacio
robándole segundos a cada reloj
porque era así que sentíamos
¿no?
tan en blanco y negro

martes 16 de diciembre de 2008

dorothy y todas esas nubes que nos quieren hablar y no decimos nada por pudor

Se había detenido sin ninguna razón aparente, tal vez motivado por algún pensamiento que hubiese cruzado su mente. En todo caso se trataba de un pensamiento que no registró, que se ahogó sin más. A esa hora, las cuatro de la mañana, la plaza se encontraba absolutamente vacía. Los columpios estaban detenidos y sólo las hojas, empujadas por la brisa del verano, le daban una cierta vitalidad a aquel paisaje. Extrajo un cigarrillo del bolsillo interior de su chaqueta y lo encendió con un fósforo que luego arrojó al suelo. Soltó el humo con parsimonia, observando la quietud del lugar y comparándola con el caos que se gestaba en su mente. “¿Cuántas ideas cruzan mi cabeza mientras observo tan sólo un instante ese columpio detenido?” se dijo antes de volver la vista hacia una silueta en que la no había deparado.

-¿No cree que las plazas son extrañas a esta hora? –le dijo la mujer sentada a unos metros del hombre en un escaño de metal y listones de madera.

-¿Disculpe?

-Es como si no tuvieran ninguna utilidad. ¿Ha estado en un parque de diversiones cerrado?

-No, no recuerdo.

-Es extraño, debe ser lo más parecido a la muerte, si es que en ella permanecen estas imágenes. ¿Es usted creyente?

-No, para nada.

-Mi esposo murió hace tres años, sabe, perdió el control de su auto y se estrelló contra un muro a más de cien kilómetros por hora.

-Lo siento.

-Cuando tuve que identificar su cuerpo solo les pedí que me mostraran sus manos. Tenía unas manos muy bellas, los dedos largos y finos, podría haber sido pianista, pero no tenía oído para la música, le daba igual qué música escuchar, rock, folk, clásica, para él era lo mismo; en fin, tomé sus manos, frías, distantes, podría decirse que ya no eran sus manos, sólo las extremidades de un cadáver. De todas formas era él, no necesité ver más. No quise ver más. Firmé unos papeles y salí de allí corriendo. Casi no recuerdo el funeral, fue todo tan rápido y violento que supongo que algún mecanismo de defensa se activó para mitigar el dolor y enviar lo más lejos posible todas esas imágenes. Luego me encerré en mi casa por tres meses.

-¿Qué hizo después, digo, luego que salió por fin de su casa?

-Él había tomado un seguro de vida. Me dejó una importante suma de dinero. No tuve que preocuparme por otra cosa que no fuera salir del vacío que habitaba. Desde entonces busco el sosiego.

-Bueno, este es un lugar bastante sosegado, pero no deja de ser deprimente.

-El parque de diversiones vacío me produjo la misma sensación que las manos de mi esposo muerto. La inutilidad de esas inmensas estructuras detenidas era algo que me producía mucho espanto.

-Entiendo. ¿Y usted es creyente?

-No tengo una respuesta clara a esa pregunta. Por lo menos no he encontrado el sosiego en ninguna religión.

-¿Y en las plazas desiertas?

La mujer lo miró un instante, luego miró en distintas direcciones, como si buscara una respuesta imposible en cada rincón de la plaza. No era una mujer bella, pero tenía lo suyo, digamos que de cierta manera encantaba. Se hizo a un lado y ofreció asiento al hombre, que a hasta ese momento se mantenía en la misma posición en que se había detenido sin razón aparente. El hombre aplastó la colilla de su cigarrillo contra la grava de la plaza y se sentó junto a la mujer. Estuvieron un rato callados, ambos mirando hacia esa plaza vacía. Cualquiera que hubiese pasado por ahí habría pensado, con toda razón, que ellos formaban una pareja, una de tantas parejas que busca una explicación a lo que les ocurre, como si esa respuesta estuviera flotando en algún punto inexacto, como si ella fuera un espectro que de un momento a otro toma forma y aparece, por detrás de un arbusto, en la copa de un árbol o colgando de una estrella. Porque una gran cantidad de las parejas no saben realmente qué es el amor, menos aún cómo llevarlo a cuestas, y entonces, como los drogadictos, solo saben de su carencia, de la necesidad imperiosa de clavarse la jeringa que contiene el amor. Pero no, ya sabemos, ellos no son pareja, son dos extraños que han coincidido en una plaza vacía a las cuatro de la mañana. Ella buscando el sosiego. Él con un caos de ideas en su cabeza.

-Esta vez no he llegado hasta aquí por sosiego, es solo que no he podido dormir, he estado dando vueltas por la cama sin lograr pegar un ojo. ¿Ha tenido usted la sensación de que el tiempo avanza y uno permanece detenido, como si nuestros pies estuvieran a unos centímetros sobre el suelo?

-Tal vez la he tenido, pero no recuerdo exactamente el motivo.

-Usted no recuerda muchas cosas.

-La verdad es que me paso la mitad del tiempo intentando olvidar.

-¿Por qué?

-No soy feliz, tengo todo para serlo, sin embargo siempre tengo la sensación de estar arrastrando algo muy pesado, soy como un pescador que tira de una ballena atrapada en su anzuelo, tiene carne para vivir dos vidas, pero no logra llevarla a casa.

-¿Y por qué no la deja? ¿Por qué no corta el sedal?

-No es fácil, sabe, la mitad del tiempo estamos persiguiendo algo que no sabemos exactamente qué es, de igual forma seguimos avanzando, no nos dejamos claudicar tan fácilmente, ¿por qué habría de hacerlo ahora que tengo el pez por la boca?

-No sé, tal vez simplemente porque no le apetece ese pez.

El hombre pensó responder, pero no encontró una respuesta válida. Se sintió atrapado y prefirió buscar refugio en las luces de un edificio que se alzaba en medio de toda esa oscuridad. Era uno de esos edificios enormes, de aquellos que tienen una recepción de hotel de cinco estrellas. “Toda esa gente”, pensó el hombre, “todas esas mentes girando alrededor de un sueño que en muchos casos podría parecerse al mío”.

-¿No cree usted -dijo por fin el hombre, mirando hacia lo alto. -que en ese edificio podría haber un buen número de personas que nos solucionarían la mitad de nuestras penas?

-Si no creyera en eso no saldría de mi casa. Todo el sosiego que busco, claramente, no se encuentra al interior de mi hogar.

-Muy cerca de esta plaza, tal vez a no más de dos o tres manzanas hay un tipo que vende flores, flores de todo el mundo. Cuando llega con su carro cargado de flores puede resultar un gran espectáculo. Incluso hay niños que lo siguen por varias cuadras recogiendo las flores que caen. A veces, cuando tengo una pena, voy hasta su florería y compro alguna para quitarme esa pena. Si por el contrario, tengo una inmensa alegría, voy hasta allá y lo abrazo. Ni siquiera sé su nombre, nunca se lo he preguntado, no es nada premeditado, debo suponer que es parte de nuestro lenguaje, un código sin palabras, solo gestos que verifican nuestro ánimo, más bien mi ánimo, pues él, la mayor parte del tiempo está contento. Sonríe ante la menor provocación. Puede ser un gato que cruza la calle. A veces el sol. Otras puede ser la lluvia que hace correr a un sujeto con el paraguas volteado. Cuando él recibe mi abrazo no me dice nada, se limita a presionar las yemas de sus dedos contra mis omóplatos y esperar con paciencia a que yo afloje la presión. Nos despedimos con el mismo silencio que nos recibimos. Luego llego a mi casa y anoto en un cuaderno, una especie de diario que escribo de tanto en tanto, una nueva marca en el registro de abrazos o en la cuenta de flores.

-¿Para qué?

-Porque no quiero morirme de pena. Porque siempre deseo comprar más flores que abrazos.

-Es que no tiene sentido.

-Tampoco lo tiene esta plaza vacía. Menos el parque de diversiones y todos esos espectros. Menos aún el recuerdo de unas manos muertas.

-¿Usted cree que soy patética?

-Sí, es usted patética. –dijo el hombre que se detuvo sin razón a aparente.

-Usted es el patético, un tipo que anota records de abrazos y flores en un cuaderno es lo más patético que he visto en mi vida.

-Más aun, un tipo que cree que todas esas luces que dibujan ese edificio pueden guardar el misterio de su propia vida. Qué le puedo decir, debiera cantar “somewhere over the rainbow”.

-Debiéramos hacer un coro, usted no lo haría mal de hombre de hojalata.

-Creo que más bien soy el león cobarde.

-No. Alguien que registra sus penas y alegrías no puede ser un cobarde.

-Un patético sí.

-Sí. –dijo la mujer, detenida en una ventana que pronto apagó su luz.

jueves 13 de noviembre de 2008

blues (o ícaro camina desnudo en el aeropuerto)

tú me estás buscando, pero miras en la dirección equivocada

yo perdí el vuelo y habito en aeropuertos tristes

tengo mis dedos aferrados a un ticket vencido

y la rodaja de limón se arruga en el fondo del vaso

tú estás hablando de tus sueños, y yo beso el cristal

hay aviones girando alrededor de una torre

mientras la maleta sigue junto a mis pies

y los hielos se desvanecen, lentos y finales

esa canción de la que tanto hablamos

suena en mis oídos como el eco sordo

de una boca llena de peces

como el nombre de las aerolíneas

que me desembarcan

día tras día

vuelo tras vuelo

martes 11 de noviembre de 2008

postal

Existe un parque, una pequeña plaza en la que descansa un perro y un anciano que busca algo que no recuerda, pero que a ratos se parece a la nostalgia. Perro, dice el anciano, y éste mueve sus orejas. Es un día extraño, Perro, hoy casi he recordado el incidente ese. He visto la puerta abrirse y percibí el olor de las flores secas. Vi el mantel de plástico y el jarrón roto donde estaban las flores. Luego me senté en esa silla de madera y apoyé las palmas en mis muslos. Vi los dibujos del mantel y la servilleta doblada cuidadosamente en tres partes. No podría encontrar las palabras que expresasen con total claridad qué es lo que en definitiva vi o sentí. No podría hacerlo, Perro, pero te digo que estuve a un tris de recordar. El perro vuelve a bajar sus orejas y apoya el hocico en una de sus patas delanteras. El viejo sonríe, mientras escarba en sus bolsillos hasta encontrar un cigarrillo a medias. Al otro lado de la plaza alguien canta una canción de amor. Más allá se ven las chimeneas de la fábrica de ladrillos.

miércoles 5 de noviembre de 2008

fantasma

Tiene las manos vacías. La mente vacía. No mira hacia ningún lado. Más bien mira, pero no ve. No ve ni la pileta por la que brota un agua cristalina ni las aves que beben de ella. Tiene el sueño detenido en un punto incierto, adherido a una pesada ancla que se hunde en un suelo pantanoso. Sus manos se unen en un pequeño nido que atesora una inmensa palabra. Suspira. Se pone de pie y camina. Las aves lo ignoran. También las nubes.

martes 4 de noviembre de 2008

algo ocurrió

esto no es un poema ni un artefacto literario, es sólo que mi blog sufrió un percance
y ahora ha vuelto a la vida, es eso, sólo eso.

miércoles 17 de septiembre de 2008

a pedido

me han pedido la cueca

que nadie escribió nunca,

la mujer hizo una mueca,

y mi mente quedó trunca,

me han pedido la cueca.


viajo por las rendijas,

de mi golpeada mente

con la idea fija,

de hacerla inteligente.


(zapateo)

palabras lindas, sí,

miro pa’dentro

ojalá que achunte

justo en el centro


toma esta flor preciosa

beso tu boca.


es difícil encontrar luz

mientras me tapan el cielo

pero no soy el avestruz

con la cabeza en el suelo


yo veo hasta el mismo sol

donde otros son ciegos

no tenga duda mi amor

que yo canto y no pego


(zapateo)

palabras lindas, sí,

con la guitarra

pago esta deuda, sí

me voy de farra


que excavación profunda

no se confunda.

martes 19 de agosto de 2008

síntomas suicidas



bajas las escaleras

como arrancando de algo que se te hace imposible comprender

vas dejando atrás

uno a uno los peldaños sucios

las puertas desteñidas

números

papeles

mientras

lejanamente

como una voz que articula un lenguaje incierto

comprendes que no sabes por qué corres

menos aun

por qué no puedes detenerte

sigues descendiendo

dejando atrás tan solo una nube

la imagen de una nube

llegas hasta la entrada del viejo edificio

te detienes luego de empujar la puerta

respiras agitadamente

un perro vago te interroga

la silueta de una cúpula se dibuja casi con precisión

recuerdas

no sabes por qué

algo que ocurrió mucho tiempo atrás

lo desestimas

das esos breves pasos hasta el borde de la calle

luego no sabes qué hacer

no encuentras la voz que

segundos atrás

te hizo correr

te miras sorprendido

te miras sin reconocer siquiera tu propia boca

vez que todas las palabras que dijiste

hasta ahora

vuelan como una bandada que huye ante el imprevisto

te sostienes sobre esa cornisa

adherido a ella con garras de pájaro

quieres hablar

quieres decir cosas

buscas un motivo para no dar ese paso

entonces das vueltas sobre tu calesita

rehaces cada movimiento

cada peldaño descolorido

cada muro descascarado

cierras la puerta tras tu espalda

te sientas en la cama y aprietas con furia el cubrecamas

descansas la vista en la pared

has descubierto otra vez esa fotografía

has visto el rostro de los mismos parientes sonreír ante el lente

te has vuelto a llenar de todo ese aire


después de unos segundos quieres volver a bajar

jueves 24 de julio de 2008

speaker´s corner


este hombre habla cosas inconexas

sus palabras flotan en el aire

como pájaros ciegos se arremolinan sobre su cabeza

la gente pasa a su lado sin prestarle atención

el hombre podría estar mudo

podría desaparecer

podría jugar con paraguas de colores

es sólo un hombre que no distingue el agua

una voz de sílabas torpes

pero no es más que una cuestión de tiempo

de un momento a otro esos pájaros vuelven a revolotear

y sacuden sus inefables vestidos

luego ves cómo esas voces cantan

y el hombre entero se estremece

“yo soy la voz que parió el amor

soy el beso que brotó de una flor”

entonces el hombre se detiene

vuelve sus pasos y se pierde entre la gente

miércoles 2 de julio de 2008

iceberg

El hombre está cansado. Ha lustrado sus zapatos y los ha dejado bajo la cama. Sentado en ella mira las puntas de los zapatos asomarse un par de centímetros. Brillan. El hombre, cansado, apoya las manos en el cubrecama y siente la textura de los nudos de la lana, luego recuerda, no sabe bien por qué, que un día conoció el mar, un día lejano, pero que, como un iceberg que se desprende del macizo de hielo, ha llegado flotando hasta su pecera. Un día fui al mar, piensa el hombre. Luego la pared de la pieza y unas flores secas que no sabe cuando llegaron allí, ni menos quién las trajo. Los nudos de la lana no se asemejan a la arena. El cuarto de la pieza no huele a sal. No hay ninguna brisa marítima que se cuele por la ventana. Un día fue hasta la orilla del mar y vio cómo las gaviotas soltaban desde el aire las machas para se abrieran. Había sol y otros niños que se arremangaban los pantalones y corrían con los pies desnudos por la parte húmeda de la arena. Su padre lo había llevado hasta el mar. Compraron un balde y una pala. Más tarde, cuando el sol casi se perdía en la línea horizontal, se subieron al bus que los regresaría hasta la ciudad. Pero antes hubo de tirar la arena y las conchas que había recogido con su pala y que llevaba con orgullo en el balde, no fuera cosa que manchara los asientos y se vieran metidos en algún lío que el padre no supiera resolver. Volvió a mirar la punta de sus zapatos lustrados y, mientras presionaba levemente con la yema de sus dedos los nudos de la lana, alcanzó a recordar el viento que humedeció sus mejillas y el sonido de las aguas que iban y volvían hasta sus pies. Su padre no le dejó sacarse los zapatos como los otros niños, no había que arriesgar un resfriado. En el mar, pensó el hombre, los zapatos son un estorbo.

lunes 9 de junio de 2008

postal de invierno

Sentado en una rústica silla de madera que antiguamente fue del color de la misma y que ahora, con varias capas de pintura, simula una decoloración propia del desgaste de los años, el hombre mira atento la copa de vino tinto y piensa: Estoy viendo una copa de vino tinto sobre una mesa de madera pintada de blanco. La mujer mira a su vez la misma copa de vino y piensa: Hace más de treinta años que lo veo mirar una copa de vino, incluso cuando esta mesa tenía el color original de la madera con que fue construida, antes que el tiempo se volviera denso y los días fuesen la arena que desciende, grano a grano hacia la bóveda de vidrio. Desde la ventana se ve el parque cubierto de nieve y algunos niños que se divierten arrojándose bolas de nieve. La leña de la estufa se parte cada tanto por efecto del fuego y emite un ruido como de fractura. El hombre toma la copa y bebe un pequeño sorbo de vino. La mujer mira hacia la ventana. Un trozo de leña se parte y golpea la pared de fierro de la estufa.

-Ha caído mucha nieve este invierno.

-Sí.-dice la mujer y una oleada de tiempo muerto sacude su cabeza.

lunes 19 de mayo de 2008

Cansado de dibujar soles en cielos rasos


Cansado de dibujar soles en cielos rasos

ahogado de ventanas ciegas

fumando cigarrillos inmundos

ese hombre sabe que más allá de esos muros

alguien guarda un papel en su bolsillo

atesora un nombre

y reza una triste canción

todas esas mañanas que nunca acaban de amanecer

ese hombre sabe eso

luego sueña despierto mientras la luz desciende

y las sombras del patio interior suben lentas e indiferentes

sueña con una calle

con semáforos

y gente que camina hacia sus hogares

sueña con alguien que lee un trozo de papel

y lo vuelve a esconder en su bolsillo

sueña que esos versos cierran el círculo de su soledad

que esos versos besan su propia boca

lunes 31 de marzo de 2008

camino

siempre busqué refugio
la mitad de las veces en una canción
el resto del tiempo
caminé sobre piedras calientes

miércoles 5 de marzo de 2008


La cabeza apoyada contra la ventana del Airbus. Los ojos puestos sobre esas nubes que se extienden sin descanso hasta cubrir la totalidad del espacio que alcanza a divisar. En su mano derecha un whisky. La boca dibujando las últimas palabras que dejó, casi ahogadas, en la loza del aeropuerto. Mariela, se dice, cansada de repetir nombres en aeropuertos, amar es ponerle nombre a esas tontas nubes. El respaldo del tipo del frente se inclina. La azafata vuelve a rellenar su vaso de whisky. La frazada huele a humedad. Diez mil metros más abajo alguien sostiene el volante de un auto y mira por el espejo retrovisor la fachada de un aeropuerto que no tiene deseos de dejar.

miércoles 2 de enero de 2008

canciones


Durante mucho tiempo creí que las canciones resolverían algo, que necesariamente el misterio -esa oscuridad que no había forma de transformar- sería revelado por un mensaje entre líneas de alguna de las cientos de canciones que no paraba de escuchar. Luego comprendí que estaba en lo cierto, aun cuando ni esa canción ni ese mensaje dieron señal alguna de que el milagro estaba parido. Simplemente comprendí que aferrarme a una promesa era la única madera que soportaría lo contrario. Ahora escribo canciones y, claro, dejé de pagar facturas.

jueves 27 de diciembre de 2007

sábado por la tarde, allá lejos


arrastraba los pies para limpiar la memoria de mis zapatos

gritaba en silencio

rogando que en el asfalto

(adheridos al alquitrán)

desembarcaran todos tus rostros

tus bocas

tus ojos

que ni el más débil sueño

se aferrara a mis botas

así iba yo

así sonaba mi canción:

y el rumor viajaba por mis venas como un sonido de entrañas

como un llanto de ballena ciega

que desanda océanos

rozando de tanto en tanto

el casco de un barco cargado de turistas

viernes 30 de noviembre de 2007

autopista desnuda



aun así
advertido de la inalcanzable distancia
deletreo tu nombre
y beso esa fotografía en la que ni siquiera estás
que ni papel en mis manos
la autopista desnuda
y las nubes cómplices de todo este silencio
en la gran catedral que la tristeza arroja

viernes 9 de noviembre de 2007

promesa


Siempre hay una promesa, por más mínimo que sea el desplazamiento, por más ínfima que sea la distancia que llegues a recorrer, siempre hay una promesa de algo mejor. La mitad de las veces terminas pensando que debiste quedarte donde estabas, que al fin y al cabo no estabas tan mal allí. Pero no, ahí está esa maldita promesa que te hace creer que tu vida puede ser mejor, que necesariamente B tendrá todo lo que A te ha negado. Así que ahí estaba yo, pasándome esa promesa de una mano a la otra y mirando la boca del túnel como un niño de siete años que teme a la oscuridad. Aun me quedaban algunos minutos antes de embarcarme, así que me dejé arrastrar hacia el bar del aeropuerto con la esperanza de olvidar la promesa y volver a casa en un taxi. Me senté junto a la barra y pedí un vodka tónica. El barman limpiaba una coctelera de metal y echaba cada tanto rato una mirada a un televisor que estaba adosado al muro, por sobre las botellas. Transmitían una vieja película de Mickey Rooney, una de esas de pandillas y niños malos y otros menos malos o tal vez más bobos, no sé.

-Es Mickey Rooney- le dije al barman.

-¿Quién?

-El tipo ese, el rubio con cuerpo de enano.

-No lo conozco.

-No importa, debe estar muerto o en AA.

El barman volvió a mirar la tele y luego siguió con la limpieza de la coctelera. Por los parlantes, con esas voces indescifrables, anunciaban el embarque de un vuelo de KLM hacia Ámsterdam. No era el mío, mi promesa estaba más cerca. Mi promesa era una playa de Brasil y una mujer llamada Lucía. Nos conocimos en el verano. Llevábamos seis meses hablando por Messenger y mandándonos e-mails, incluso cuando no teníamos nada nuevo que contarnos, incluso en blanco, en fin, estábamos enganchados.

-¿Le importa si cambio la tele?

-Si quiere la apaga, amigo.

-Digo, por lo del Mickey...

-Rooney, Mickey Rooney.

-Claro.

-Que se joda Mickey Rooney.

El barman cambió el canal y yo le di un largo trago a mi vodka, dejando que los hielos golpearan levemente mi labio superior y pensando en todos los vodka tónica que me he tomado. Luego se sentó a mi izquierda un tipo bajo y de espaldas anchas que pidió una cerveza y devoró un sándwich de miga, en lo que yo pensé, se trataba de un record mundial de velocidad.

-¿A dónde viaja, amigo?

-A Brasil.

-Yo voy a Kentucky, tengo negocios allá.

-Ajá.

-Insumos agrícolas.

-Bien, eso debe dejar plata ¿no?

-Así es, amigo. ¿Por qué viaja a Brasil?

-No lo sé, supongo que estoy enamorado.

-Ah, se trata de una mujer. Mala cosa, muchas promesas.

-¿Usted cree? –le digo casi aferrándome a la posibilidad real de subirme a un taxi.

-Yo lo hice, luego estuve un año en terapia, llegué a odiar todo lo que se relacionara con mujeres, casi me volví marica, me salvó que ellos parecen más mujeres todavía. No vaya a Brasil.

Fue lo último que alcanzó a decir antes de correr con su bolso y sus anchas espaldas de peso medio para embarcarse a Kentucky. Pensé que lo decía en serio, que debía olvidar todo y volver a mi departamento, subir los pies a la mesa de centro y bajarme tranquilo un segundo vodka, después de todo qué podíamos tener en común Lucía y yo. Luego ya no pensé.

-¿Estás bien?

-Sí, no pasa nada, el avión se movió mucho y además venía una delegación de boy scouts que no pararon de cantar, fue horrible.

-Pobrecito -me dijo ella pasando su mano por mi cabeza y desordenando mi pelo.

-¿Mickey Rooney murió?

-¿Quién?

-No, nadie, no importa.

lunes 5 de noviembre de 2007

platónico

Ya te odiaba.
Mucho antes de que mi boca articulara la frase
y que mi corazón sintiera el relámpago
Te odiaba como se odia lo inalcanzable

lunes 29 de octubre de 2007

amor breve

Un bello día para despertar
Y besar sus párpados dormidos
Y saber que al final del día
Habitaré ese sueño nuevamente

miércoles 22 de agosto de 2007

órbita

ya sé

hablé de barcos

de anclas que retienen sueños

de voces que viajan a velocidades inexplicables

hablé de ojos

en los que cabe todo el desierto

de vientos que arrastran fotografías

hablé de besos

y flores que habitan bocas

y como si en ello se me fuese la vida

-se me está yendo-

hablé de peces

flechas plateadas que atraviesan corazones

dormidos

hablé de tantas cosas

inventarte un universo fue poco

y ahora

todos estos astros girando sin sentido

calesita vacía

y caballos ciegos

lunes 20 de agosto de 2007

manchas blancas

Entre sueños escuchó el murmullo de la voz de su madre y giró su cuerpo hacia la pared, esperando en silencio que ella la despertara con sus habituales besos y voces infantiles. Se dejó llevar en brazos hasta el baño y esperó pacientemente que su madre terminara de lavarle. Quiero que me pintes las uñas, mamá. ¿Las uñas? ¿Por qué? Para que no se me vean estas manchas blancas. Son normales, no tienes por qué ocultarlas. La abuela me dijo que son pedazos de alma que se van perdiendo. ¿La abuela te dijo eso? Sí. ¿Y tú qué piensas? La abuela ha vivido muchos años, ella sabe cosas que yo no. Mhn. ¿Mamá? ¿Qué? ¿Si pierdo toda mi alma igual algo me queda, cierto? No la vas a perder, cariño. ¿Alguien sin alma es como el viejo del saco? Supongo que algo así. Pero si no tiene alma ¿qué lleva en el saco? ¿Qué crees tú que pueda llevar? Almas, lleva almas para echarlas en un caldo y rehacerse una nueva. Pero si eso fuera cierto, tal vez el viejo del saco se transformaría en un abuelo cariñoso. Es que las almas robadas se vuelven feas, mamá. ¿Ah, sí? ¿Mamá, si el viejo se lleva mi alma, me seguirás queriendo? Si el viejo se lleva tu alma, se lleva la mía también, tendríamos que vivir en el saco. Mamá, te amo. Y yo a ti.

jueves 2 de agosto de 2007

305


Las puertas estaban abiertas, Juan de Dios apoyó la cabeza contra el volante y se quedó pensando si deseaba realmente hacer esa visita. Antes de que el mecanismo automático se activara y las puertas volvieran a cerrarse, Juan de Dios avanzó por el camino de grava, dobló hacia la izquierda y se estacionó junto a una ambulancia. Dos enfermeros que estaban apoyados contra las puertas traseras de la ambulancia intercambiaron sonrisas, Juan de Dios los vio por el rabillo del ojo y pensó que estaban hablando de él, que algún detalle les pudiera haber hecho gracia, pero no perdió tiempo en buscar una explicación, simplemente avanzó y trató de borrar de su memoria ese gesto. Sus zapatos sonaban contra la gravilla y se imaginó una escena cinematográfica, se preguntó por qué siempre los zapatos sonaban en las películas, incluso en caminos de tierra. Una enfermera enorme, de rasgos teutónicos y pecas infantiles le dirigió una sonrisa. Buenos días. Buenos días, verá, busco a Irene Mezano. Déjeme ver, ¿es usted pariente? Se trata de mi madre. La enfermera buscó en el computador con la pericia de alguien que está más asociada al papel y el lápiz, Juan de Dios no tenía apuro así que se dedicó a mirar la pintura que colgaba del muro frontal de la recepción, un cuadro extraño, le pareció, para una clínica de reposo –eufemismo de moda para clínicas psiquiátricas-. Era una escena de bar, un mozo sosteniendo una bandeja con dos vasos y una botella de vino, más abajo una pareja de comensales se distraía frente a un dominó, más al fondo, difuminados por una exigua profundidad de campo, se podían ver otras mesas y otras personas.

-Habitación 305.

Subió la escalera con la sensación de seguir aun en la película, pero ahora el ruido de sus pisadas se parecía más al de un film de suspenso, se vio en la pantalla con las bastillas de los pantalones grises de tela dobladas y unos zapatos negros de punta. Se vio malo, seguro el antagonista, huidizo y frío como el mismo mármol de la baranda de la escala que sus manos acariciaban. Volvió a pensar en los enfermeros apoyados a la ambulancia y tuvo el impulso de bajar, pero no lo hizo, era una toma que debía estar en su película, que el espectador no olvidaría, que le daría más dramatismo a la escena. Tal vez, pensó, era el momento de encender un cigarrillo, un cigarrillo al que no alcanzaría a darle más de cuatro caladas y que se vería obligado a aplastar contra las piedras del cenicero de pie.

Las habitaciones estaban repartidas hacia dos alas del edificio, a la izquierda iban de la 300 a la 310 y a la derecha de la 311 a la 320. La luz era suave, atenuada por las opalinas adosadas a lo muros y las gruesas cortinas que cubrían las ventanas. Juan de Dios caminó hacia la izquierda, mirando los números que anunciaban las habitaciones. Cuando llegó a la 305 apagó el cigarrillo imaginario en el cenicero y se arregló el pelo. Empujó la puerta haciendo presión con la manilla, pero no consiguió abrirla. Miró por la ventanilla enrejada y sólo alcanzó a divisar los pies de una cama y parte de una cortina beige. No fue sino hasta que se giró que pudo ver la pequeña cámara de seguridad que vigilaba silente desde la pared. Miró otra vez la puerta de la habitación 305 y pudo notar que sobre el dintel dos pequeñas luces, una verde y otra roja que permanecía encendida, eran la inequívoca señal de que aquellos huéspedes no tenían libre albedrío para desplazarse, o por lo menos no su madre. Una vez más se giró y haciendo un breve gesto con su mano derecha logró que la luz roja se apagara y diera el pase para que fuese la verde quien se iluminara. Como en un set, pensó antes de empujar la puerta y entrar.

Los sueños son escenas que uno recuerda en la vigilia, es decir, son sueños siempre y cuando acaben de soñarse. Entonces podríamos decir que Irene estaba navegando sobre un mar de rosas y que en su mano sostenía un largo artefacto similar a una red para atrapar mariposas, y que cada vez que las aguas subían casi al borde de la nave, ella estiraba su brazo y atrapaba con su red cerca de una docena de flores. Juan de Dios no sabría que su beso en la mejilla haría desaparecer de un soplo todo ese océano de rosas.

-Hola. -dijo Juan de Dios, mirando con algo similar a la tristeza el rostro de Irene, envejecido por los años y las medicinas.

-¿Ya es hora?

-¿Cómo?

-¿Hemos llegado?

-Sí.-dijo Juan de Dios sin saber en absoluto si esa era la respuesta a esa pregunta.

-Ah, pensé que faltaban algunos días, es que no he visto gaviotas atravesando el barco, menos he escuchado sus chillidos.

-Bueno, en realidad aun no hemos divisado puerto, pero supongo que ya estamos cerca.

-Sabe algo, creo que este barco enferma a la gente, yo misma he tenido sueños bastante extraños. ¿Usted trabaja también en cubierta?

-Sí, a veces me toca subir a cubierta, aunque permanezco la mayor parte del tiempo abajo.

-Entonces habrá notado lo mismo que yo. Usted parece inteligente, debo decirle que tiene un rostro sensible.

-Gracias. –dijo Juan de Dios mientras acercaba una silla y se sentaba junto a la cama.

-¿Sabe usted por qué el mar está cubierto de rosas?

-No.

-Porque no es real, eso es lo que pasa en este barco. Nada es real, tal vez ni siquiera usted es real, sólo sé que yo soy real, lo sé cuando intento dejar de respirar y no lo logro.

-Yo soy real.

-Lo mismo me podría decir un fantasma ¿no cree?

-Supongo que sí.

-Ya no recuerdo cuando me embarqué, ni siquiera recuerdo hacia dónde voy. ¿Usted lo sabe, sabe a dónde vamos?

-He escuchado rumores, nada muy sólidos, pero al parecer estamos de regreso.

-Ah, o sea que hemos dado toda la vuelta.

-Pareciera que sí.

-Qué viaje inútil.

-Mamá.

-Todo este tiempo dando vueltas por la bahía.

-Mamá.

-Hay una mujer que perdió a su hijo, bueno no lo perdió, más bien lo arrojó por la borda en un ataque de ira. Ahora solo llora y arrastra sus pies por los pasillos, supongo que de pena, aunque no me consta, talvez solo llora porque no tiene otra cosa que hacer. Yo prefiero soñar, pero claro, yo no arrojé a mi hijo por la cubierta.

-Mamá.

-He visto árboles, no sé cómo ocurren esas visiones, ¿ya le dije que en este barco ocurren cosas extrañas?

-Sí. –dijo Juan de Dios, luego besó a su madre en la frente y salió de la habitación.

-No son rosas, -dijo Irene antes de que Juan de Dios cerrara la puerta- pero es mejor pensar que lo son.

Cuando llegó a su auto los enfermeros ya no estaban, tampoco la ambulancia, solo las colillas de sus cigarrillos aplastadas contra la grava. Pensó que si hubiese sido una película, probablemente los enfermeros aun habrían estado ahí, pero no, no era una película, solo el barco parecía serlo y esos pétalos flotando sin razón aparente.