Carta desde un edificio en llamas

No tendría por qué haberlo hecho, justo ahora acordarme de Cacho, una casualidad de esas que no tienen explicación, que se precipitan como una maceta arrojada desde el piso nueve. Cacho, justo Cacho. Me dirás que no es extraño, que esas relaciones sí ocurren, y más comúnmente de lo que uno imagina. Me dirás todas esas cosas porque no tienes otra manera de pensar, porque simplemente así es como lo ves todo, a través de un lente que, bajo quién sabe cuál artificio óptico, logra hacer coincidir los puntos más distantes, las más desencajadas estructuras. Me dirás que lo más lógico era que la imagen de Cacho se me apareciese, que el asunto es que yo no encuentro las fisuras por donde se cuelan las historias, que no soy capaz de atar cabos sueltos, que entre A y B yo solo atisbo un vacío, la estela que A ha dejado antes de tocar a B y volver a su base. Me dirás que había una señal clara, un hito imposible de obviar que yo no vi. ¿Te acuerdas que Cacho siempre tenía frases para cada circunstancia?, como esos tipos que largan un refrán ante la menor provocación. “Todas las canciones se parecen”, te decía cuando uno adivinaba una cierta coincidencia entre un tema y otro. “El problema es que tú siempre te pones en el corazón de la presa y no en el del cazador”, largaba cuando alguien defendía a la víctima. ¿Por qué Cacho ahora? ¿Por qué la cara larga y angulosa de Cacho? Por más que lo pienso y desando ese desierto que se expande entre las dos primeras letras del abecedario, y miro casi de reojo hacia la periferia de la memoria, de mi memoria, no logro descifrar el código. Es cierto, el edificio está en llamas y desde los pisos de más abajo se pueden escuchar gritos de auxilio, gritos desgarradores que me obligan a taparme los oídos y cantar en susurros. También se escuchan las voces de la calle, más distantes claro, gritos de madres tal vez o de hermanos, de parientes y mirones de turno, de bomberos y policías histéricos que mejor harían en controlar el tránsito. Hay otras voces que parecen provenir del más allá -vaya frase para describir lo que escucho-, de cuerpos que, aunque muertos, asfixiados o quemados, siguen respondiendo a estímulos exteriores, o quien sabe, sean sus almas las que gritan, ya no sus gargantas. Esto es así: el edificio está en llamas y la cara de Cacho se alza sobre mis ojos como una luna menguante dibujada por un niño, un niño que no arde, que ha tenido el tiempo y la dedicación para crearla, un niño que tal vez pude ser yo si no estuviera atrapado. ¿Te conté que a veces me encontraba con él?, sí, ya sé que está muerto. No me voy a poner esotérico a esta hora de la vida, menos aun cuando esta torre de Babel está lejos de alcanzar el cielo. No es casualidad que te hable de Babel, ya que los gritos que se escuchan me llegan a ratos como lenguas extintas, en fin, una mariconada si lo pienso, y más si lo escribo en medio de este caos. Cacho murió hace ya tres años ¿no? Una muerte estúpida, nunca te lo dije, tal vez porque ya era tarde para cualquier palabra, pero yo lo maté. Yo estaba en ese puente desde el que dijeron –y dije- se lanzó. Supongo que no es el momento para que me mientas, menos si no tendré oportunidad de escucharte. Que fuera tu amante era suficiente motivo para ejercer presión sobre sus hombros y ver su cara de luna caer hacia ese río inmundo. Pero no lo maté por eso. Fue un instante en el que simplemente comprendí que podía hacerlo y lo hice. Te seguiría escribiendo, pero las llamas están consumiendo el papel, y el lápiz y